Todos los días los humanos somos sacrificados en aras de un bien mayor, como una sociedad que ofrece la oportunidad de hacer realidad sus sueños. Esos sueños son nuestro combustible, y nosotros movemos el sistema, pero nadie consigue ser feliz gracias a él. El verdadero sacrificio humano es a la inversa.
Llevabas el carné de la biblioteca y un carné de un videoclub. La cartilla de la seguridad social. Catorce dólares. Quería llevarme el pase del autobús, pero el mecánico dijo que cogiera sólo el carné de conducir. Y un carné universitario caducado. Tú antes estudiabas algo. Como llorabas cada vez más te encañoné con la pistola en la mejilla con más fuerza, y comenzaste a retroceder hasta que te dije: «No te muevas o te mato aquí mismo». Ahora dime qué estudiabas. ¿Dónde? En la universidad, dije. Llevas un carné de estudiante. Oh, no lo sabías... Sollozos. Hipo. Gimoteos. Biología. Escucha, vas a morir esta noche, Raymond K. K. K. Hessel. Tal vez mueras dentro de un segundo, tal vez dentro de una hora; tú decides. Así que miénteme. Dime lo primero que se te pase por la cabeza. Invéntalo. Me importa una mierda. Tengo la pistola. Por fin me escuchaste y olvidaste la mezquina tragedia que gestabas en tu cabeza. Rellene el formulario. ¿Qué desea Raymond Hessell ser de mayor? «Irme a casa —dijiste—, sólo quiero ir a casa, por favor.» «Déjate de mierdas», dije yo. ¿Cómo deseabas pasar el resto de tu vida? Si es que podías hacer algo en el mundo. Invéntalo. No sabías. «Pues vas a morir ahora mismo —te dije—. Gira la cabeza.» La muerte empezará dentro de diez segundos, nueve, ocho. «Veterinario», dijiste. Querías ser veterinario. Eso va de animales. Hay que ir a la facultad para ser eso. «La facultad es demasiado para mí», dijiste. Podrías estar en la universidad dejándote el culo allí, Raymond Hessel, o podrías estar muerto. Tú eliges. Te metí la cartera en el bolsillo trasero de los téjanos. Así que lo que realmente te gustaba era ser médico de animales. Alivié la presión del cañón salado sobre una mejilla y te la puse en la otra. Doctor Raymond K. K. K. K. Hessel, ¿es eso lo que siempre has querido ser?, ¿veterinario? Sí. ¿No mientes? No, no, lo decías en serio. Sí; no mentías. Sí. Vale, te dije, y te incrusté el cañón húmedo de la pistola en el mentón, y luego en la punta de la nariz, y dondequiera que hiciese presión con el cañón, quedaba la huella redonda y húmeda de tus lágrimas. «Bueno —te dije—, vuelve a la facultad. Cuando te despiertes mañana por la mañana encontrarás un medio de volver a la facultad.» Te incrusté el cañón húmedo de la pistola en las mejillas, luego en el mentón y finalmente en la frente. «Podrías estar muerto», dije. Tengo tu carné de conducir. Sé quién eres. Sé dónde vives. Me quedaré tu carné de conducir y te vigilaré, señor Raymond K. Hessel. Me cercioraré dentro de tres meses, y luego dentro de seis y luego dentro de un año, y si no has vuelto a la facultad a convertirte en veterinario, morirás.
Un sueño ¿verdad? De policia, no de coche, aunque hay que reconocer que está guapo.
Este pepino consigue reducir las emisiones a 99g/Km de CO2 (unos 35Kg de mierda lanzada al aire en un trayecto Madrid-Valencia, como dos bombonas de butano), y el consumo se reduce a 3,8L/100Km (consumo normal-bajo para el día de hoy, 650 barriles de crudo en 10 años de uso a capacidad media). Vamos, una pasada, el coche menos contaminante del mercado actual. Tranquilos, no me he vendido, así que ya estáis cogiendo las bicis.
"La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, actores o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco nos hemos dado cuenta y estamos, muy, muy cabreados."
A mi me han hecho creer que algún día alguien decretará leyes para la preservación real del medio ambiente que impliquen alguna actuación, pero vuelvo a la cruda realidad donde las corridas de toros se han declarado bien de interés cultural. Mañana voy a preguntar a la policía a ver si puedo organizar el mismo espectaculo con perros, a ver que me dicen. Jodidos hipócritas.
Cuando llueve, para mi la ciudad son matices de gris envueltos en luces que intentan convencerme de lo que debo ser, que ropa debo vestir, y me recuerdan todo ese monton de mierda de que no soy. Todas esas luces se multiplican en los charcos. Agua. Por fin algo simple en este cañon de polvo y metal, presidido en esta bocacalle por el capitan Starbucks. Normalmente pasaria por aqui y esos sofas y ese olor me sugerirían un machiatto de 4,40 €, pero hoy la naturaleza esta de mi parte, los cristales estan empañados y en la calle solo huelo a periodico mojado. Paro ante el semaforo y veo decenas de luces rojas recluidas tras la linea blanca, mientras el vapor de sus tubos de escape escupen al cielo que continua llorando como si le hubieran metido una cebolla en el ojo.
La perfección es tan relativa como el bien y el mal. Mira la imperfección y el caos. No hay control, hay sensación de control, hay quien intenta controlarte, pero jamas hay un orden, ni un principio ni un final. Mira a la ciudad a los ojos, la ciudad nos escupe, nos mantiene enfadados, ansiosos por llegar a ser, en lugar de detenernos y decir: Yo soy.
Soy ese reflejo que se rie de tí, el alter ego evolucionado de tu sensación de vacío. Aparezco subliminalmente en los anuncios, siendo esa chispa casi imperceptible que recorre tus neuronas, el impulso reprimido que desea arrancar la televisión y empotrarla contra la pared por todo lo que te insulta, te degrada, te esclaviza. La publicidad te provoca y a su vez te niega la felicidad, porque se presenta como un camino con luces parpadeantes hacía un bien mayor, pero es un cíclo que no lleva a ninguna parte. El ciclo te desgasta para ser dócil y entregado a un sistema de control, donde el mayor temor de los líderes es que escapes a su sociedad "perfecta". Temor a que dejes de ser una variable predecible en su sistema de precisión.
Si existe el libre albedrío, ¿porque podemos predecir la economía y la sociedad?
Despierta. Déjame ser algo más que un reflejo, un alter ego, una chispa. Déjame salir.
En la oficina del sindicato de operadores de cine, Tyler se echó a reír cuando el presidente del sindicato le arreó un puñetazo. El puñetazo le hizo caer al suelo y Tyler se sentó apoyado en la pared y riéndose: —Adelante, no puede matarme. —Tyler se reía. »Gilipollas. Tal vez me saque la piel a tiras, pero no se atreverá a matarme. Tiene demasiado que perder. Yo no tengo nada. Usted lo tiene todo. Adelante, pégueme en el estómago. Déme otro puñetazo en la cara. Hágame saltar los dientes, pero no deje de pagarme el sueldo. Rómpame las costillas, pero si se olvida una sola vez de pagarme, haré público lo ocurrido y usted y su sindicato se hundirán con los pleitos de todos los dueños de cines, distribuidores de películas y mamaítas cuyos hijos tal vez vieran una erección durante la proyección de Bambi. —Soy escoria —dijo Tyler—. Para usted y el resto del puto mundo, soy escoria, basura y un loco —le dijo Tyler al presidente del sindicato—. No le importa dónde vivo ni lo que siento, ni lo que como ni si alimento a mis hijos o si le pago al médico cuando me pongo enfermo. Y sí, soy estúpido y pusilánime y estoy aburrido, pero sigo siendo responsabilidad suya.
Tyler se ponía a mi lado, apoyaba el pecho contra mi espalda, y me susurraba al oído mientras yo atendía al teléfono con el oído libre y el inspector me preguntaba si conocía a alguien que supiera fabricar dinamita casera. —El desastre es una parte natural de mi evolución hacia la tragedia y la disolución — susurraba Tyler. Le dije al inspector que fue la nevera la que voló el apartamento por los aires. —Estoy rompiendo las ataduras a la fuerza física y las posesiones terrenas —susurraba Tyler—, ya que sólo mediante la autodestrucción llegaré a descubrir el poder superior del espíritu. La dinamita, dijo el inspector, tenía impurezas; residuos de oxalato de amoníaco y percloruro potásico, que hacían suponer que la bomba era casera; y el cerrojo de seguridad de la puerta de entrada estaba destrozado. Le dije que aquella noche estaba en Washington D.C. El inspector del teléfono me explicó que alguien había rociado el cerrojo de seguridad con un bote de freón y que luego lo había golpeado con un cincel frío para romper el cilindro. Así es como roban bicicletas los delincuentes. —El redentor que destruya mis propiedades —dice Tyler— está luchando por salvar mi espíritu. El maestro que logre apartar las posesiones de mi camino me liberará. El inspector dijo que, quienquiera que hubiese puesto la dinamita casera, podía haber abierto el gas y apagado las llamas piloto del horno días antes de que se produjera la explosión. El gas fue sólo el detonante. Tuvieron que pasar días antes de que el gas llenara el apartamento y alcanzase el compresor situado en la base de la nevera y el motor eléctrico del compresor provocara la explosión. —Dile que sí —susurra Tyler—, que lo hiciste tú. Que tú volaste la casa. Es lo que quiere oír.
El mundo no necesita otro ermitaño, necesito estar oculto entre las multitudes, ser la sombra subliminal de los escaparates, aquello que no te cuadra en la publicidad. Pero me lamento porque todavía no ha llegado el momento de liberarme, y a veces no puedo esperar.
Todo cambia. Nuestro hábitat ya no son los bosques ni las montañas, aunque de vez en cuando nos guste visitar estos lugares para respirar su tranquilidad. Curioso, ¿no? Donde antaño luchábamos por la supervivencia de nuestra especie es ahora donde nos refugiamos. Porque hemos creado un hábitat más hostil.
El tráfico es peligroso. Aunque inventemos medios de transporte más veloces, cada vez tendremos más prisa. La competencia es feroz. El intercambio de recursos es frenético, pero no dudamos en arrebatárnoslo incluso entre nuestra especie con tal de sobrevivir, bien sea arrebatando un contrato mercantil o un atraco a la vuelta de la esquina. Tenemos miedo.
Tenemos miedo a depredadores más fuertes, miedo a que devoren nuestras empresas, nuestras familias. No hay nada más ajeno que el prójimo. Desconfiamos unos de otros, porque somos unos y otros los que nos hacemos daño. Desarrollamos unas normas de educación y cortesía solamente para no vernos como pura hostilidad. Somos tantos, tan interconectados, tan irresponsables e irrespetuosos que convertimos nuestro hábitat en un ambiente hostil. Y eso nos asusta mucho.
Mi sueño es destruir este hábitat artificial. Hundir los pilares de la civilización. Desenmascarar la democracia como el instrumento que es. Crear la duda en los corazones de las masas. Parar la destrucción de nuestro hábitat primitivo.
El método más sencillo es arrasar tres cuartas partes de la población humana, pero el reto esta en conseguirlo sin destruir lo que deseas salvar.
"—Aquí tengo una pistola —dijo Tyler sacando una del bolsillo del abrigo—: dentro de dos semanas cada uno de vosotros deberá tener una pistola de un tamaño similar al de ésta y tendrá que traerla a la reunión.
Lo mejor será que la paguéis al contado —dice Tyler—. En la siguiente reunión intercambiaréis las pistolas y denunciaréis el robo de la que comprasteis. Nadie preguntó nada. No hacer preguntas es la primera regla del Proyecto Estragos.
Tyler hizo circular la pistola. Era muy pesada para ser tan pequeña, como si algo gigantesco, una montaña o una estrella, se hubiera hundido y derretido para dar forma a aquel objeto. Los miembros del Comité la cogían con dos dedos. Todos querían preguntar si estaba cargada, pero la segunda regla del Proyecto Estragos es no hacer preguntas.
Tal vez estuviera cargada, tal vez no. Tal vez no nos quedara otro remedio que asumir lo peor.
—Las pistolas —dijo Tyler— son sencillas y perfectas. Sólo hay que apretar el gatillo.
La tercera regla del Proyecto Estragos es no poner excusas.
—El gatillo —dijo Tyler— libera el martillo y el martillo percute encendiendo la pólvora.
La cuarta regla es no mentir.
—La explosión libera la bala por la apertura del casquillo y el cañón de la pistola encauza la pólvora y el impulso de la bala en una sola dirección —continuó Tyler—, igual que el hombre-cañón, igual que el misil saliendo del mortero, igual que tu esperma."
Eres uno más. Un gramo de hormigón que soñó desde la cementera en convertirse en pilar maestro. Un tornillo producido en serie para ser una sujección más de una viga, pero que ya en la fresadora soñaba con coronar la plancha de acero más alta de la estatua de la libertad. Un bit más de la composición de un programa informático. Una hormiga obrera entre el enjambre.